La musa se levantó con dolor de espalda. Solía caminar hambrienta de delirio por ciudades de metacrilato. Tabaco y rimmel barato nunca le faltaron, a ellos debía su fatalidad. Y fatal había sido la semana y fatal era su estado esa mañana: Sin resaca, sin maquillaje del día anterior, sin semen que limpiar.
Tosió. Se quejó. Y vio como la jauría de ideas entramadas en algún lugar detrás de su páncreas se amotinaban en la cavidad intercostal fruto del horror más humano. No tuvo tiempo de reaccionar: Gargajos infectos de pus le ahogaron la garganta hasta llegar a sus oídos. Sus ojos se anegaron del líquido verde-amarillento que empezó a brotar en ríos por las cornisas de sus mejillas. La torre que tenía por espina dorsal se desmoronó destrozando el suelo en el que se anclaban sus pies y su quejido quedó a la deriva en un mar cuyas olas taladraban el cielo de su pecho.
Masa informe reminiscencia de una mujer que hacía camino al caminar era todo lo que había en esa habitación. En las dunas de su cuerpo acampó el demonio, en el desierto de su sexo se tentó a Jesús tres veces. Musa del macrocosmos ¿qué hiciste para confundir la espiral de fuego con cenizas en movimiento?
Las nubes de sus ojos le ocultaron la verdad doliente de un sol enfermo y podrido contaminado con una fecha de caducidad impuesta.
Su crimen: Confundir su fatalidad con una omnipotencia que mataba el brillo de ese amor paterno que retumbaba en su conciencia a ritmo socavador.
Su sentencia: Yacer muerta rindiendo homenaje al padre asesinado cuyo esperma fecundó a la luna.
Penitente, por haberle negado su mirada de almendra.
Así pasará la musa toda la noche, hasta que el primer beso del amanecer se pose en la perla de su ombligo, entonces volverán sus piernas de anaconda a caminar por las ciudades acristaladas, reventando gargantas, matando miradas, levantando pollas, eso sí, está vez acunada en el regazo del sol.
Tosió. Se quejó. Y vio como la jauría de ideas entramadas en algún lugar detrás de su páncreas se amotinaban en la cavidad intercostal fruto del horror más humano. No tuvo tiempo de reaccionar: Gargajos infectos de pus le ahogaron la garganta hasta llegar a sus oídos. Sus ojos se anegaron del líquido verde-amarillento que empezó a brotar en ríos por las cornisas de sus mejillas. La torre que tenía por espina dorsal se desmoronó destrozando el suelo en el que se anclaban sus pies y su quejido quedó a la deriva en un mar cuyas olas taladraban el cielo de su pecho.
Masa informe reminiscencia de una mujer que hacía camino al caminar era todo lo que había en esa habitación. En las dunas de su cuerpo acampó el demonio, en el desierto de su sexo se tentó a Jesús tres veces. Musa del macrocosmos ¿qué hiciste para confundir la espiral de fuego con cenizas en movimiento?
Las nubes de sus ojos le ocultaron la verdad doliente de un sol enfermo y podrido contaminado con una fecha de caducidad impuesta.
Su crimen: Confundir su fatalidad con una omnipotencia que mataba el brillo de ese amor paterno que retumbaba en su conciencia a ritmo socavador.
Su sentencia: Yacer muerta rindiendo homenaje al padre asesinado cuyo esperma fecundó a la luna.
Penitente, por haberle negado su mirada de almendra.
Así pasará la musa toda la noche, hasta que el primer beso del amanecer se pose en la perla de su ombligo, entonces volverán sus piernas de anaconda a caminar por las ciudades acristaladas, reventando gargantas, matando miradas, levantando pollas, eso sí, está vez acunada en el regazo del sol.
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