Cabecita de nubes tormentosas miraba las hojas del olivo.
Deseaba ser arrastrada por el viento.
¡Ah! ¡Si su resina te hubiese impedido marchar!
Niña de arrullo fácil, de futuro marino,
Te negó los labios la paciencia y te enamoraste de la palabra.
¡Ah! ¡Si la tinta no hubiese manchado tus manos almibaradas!
Convertida en ama y señora de noches parar tirar, de sentimientos sin domicilio, no dejó rastro de olivares ancestros ni viejas brisas en sus letras. De su pecho brotó la Judith de Holofernes, y devoró cuerpos de pene erecto y mente fútil. Perdida entre las bragas de encaje, polillas, lubricantes de sabores, horas de trabajo interminables y una lista de nombres que mejor olvidar, creyó que la independencia se basaba en trece letras unidas y una imagen mental.
Y no esperó y no quería esperar, sólo correr y saltar y no pensar ¿a dónde ir? Caminar, andar, caminar... Autora de letras inmaduras y de tintas que se ven ridículas sobre papel ¿a qué podías aspirar? De tu metáfora, de tu poesía infértil se burlan maestros de ases de copas.
Y ahora llueve. Nubes. Viento y árbol de nuevo. Dormida en el pliego de una camiseta, al arrullo de una nana de carótida. Tempestad en su cabeza.
¿Ahora qué? ¿De dónde y a dónde?
Con el corazón vomitado en dos tristes folios.
Con sábanas rotas de tanto usar.
Con las manos llenas de olivas.